RIGI en marcha y una política que no logra ordenarse

Mientras la Argentina se presenta ante el mundo como proveedor estratégico de energía y minerales bajo el paraguas del RIGI, la política doméstica exhibe fisuras persistentes: aceleración legislativa, señales de alineamiento internacional y una dirigencia que ni siquiera logra unificar su narrativa en torno a Malvinas.

La escena en el Senado, con la reunión del grupo de amistad con Canadá, dejó algo más que una postal diplomática. Funcionó, en los hechos, como una síntesis de la etapa. Bajo una lógica ordenada pero reveladora, los senadores Natalia Gadano, Pablo Cervi y Flavia Royón desplegaron ante interlocutores extranjeros un menú de oportunidades productivas.

No fue un intercambio cualquiera. Fue, más bien, una presentación. Santa Cruz como territorio minero y energético; Salta como nodo clave del litio en el norte argentino; Neuquén como emblema de Vaca Muerta. Cada intervención sumó una pieza a un mismo rompecabezas: el de un país que busca posicionarse como proveedor confiable en un mundo que compite por recursos críticos.

Ese movimiento tiene contexto. La transición energética global, la disputa por minerales estratégicos y la creciente demanda de seguridad energética reconfiguraron el mapa de intereses internacionales. En ese tablero, la Argentina aparece como un actor con potencial, pero también con desafíos estructurales.

Ahí es donde entra en juego el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), una de las apuestas centrales del gobierno de Javier Milei. Más que un instrumento técnico, el RIGI es una señal política: ofrece estabilidad fiscal, beneficios impositivos y facilidades cambiarias para proyectos de gran escala. Su objetivo es claro: atraer capitales que permitan explotar, con mayor velocidad, los recursos que el país pone en vidriera.

La articulación entre discurso y herramienta es evidente. Lo que se ofrece en el Senado encuentra su correlato en el marco normativo que impulsa el Ejecutivo. Recursos disponibles, condiciones favorables, apertura al capital externo. El mensaje, hacia afuera, es consistente.

Sin embargo, la escena también deja ver una debilidad. La exposición fragmentada —provincia por provincia, recurso por recurso— pone en duda la existencia de una estrategia nacional plenamente coordinada. La Argentina se muestra como suma de potencialidades, pero no siempre como un proyecto integrado. Y en un contexto global competitivo, esa diferencia no es menor.

La presencia de Patricia Bullrich en la reunión agregó otra dimensión a la lectura. Más allá de lo anecdótico, su figura remite a una agenda que excede lo estrictamente económico. Seguridad, defensa, control territorial. Elementos que, en el mundo actual, se vinculan cada vez más con la gestión de los recursos estratégicos.

En paralelo, la Cámara de Diputados acelera. La reforma de la Ley de Glaciares avanza con la decisión política de no modificar una sola coma del texto aprobado por el Senado. La premisa es clara: rapidez legislativa para no entorpecer el esquema de inversiones que el oficialismo busca consolidar, en línea con el RIGI.

Pero esa velocidad también expone tensiones. La discusión sobre glaciares no es menor: involucra el equilibrio entre desarrollo económico y protección ambiental. Reducir el debate puede facilitar la sanción, pero no elimina el conflicto de fondo.

Ese conflicto —el de prioridades, el de modelos, el de país— aparece con más nitidez cuando se observan los gestos políticos.

El aniversario número 44 de la guerra de Malvinas volvió a mostrar una dirigencia fragmentada. No hubo una foto común. Hubo, en cambio, tres escenarios. El peronismo en Río Grande, el presidente Javier Milei en la Plaza San Martín y la vicepresidenta Victoria Villarruel en Chivilcoy.

Pero en ese mapa disperso, Villarruel dejó una definición que buscó ordenar el sentido: “la causa Malvinas -afirmó- trasciende los intereses personales y no es una excusa para dirimir internas de un partido político”.

La frase, lejos de ser retórica, funciona como una toma de posición. En un contexto donde cada sector eligió su propio acto, su propio escenario y su propio mensaje, la vicepresidenta intentó recuperar una idea de unidad que, en la práctica, no se expresó.

Ahí aparece la contradicción. Mientras el discurso invoca una causa común, la política actúa en clave fragmentada. Mientras se apela a lo que une, prevalece lo que separa.

Si se miran en conjunto, las escenas se conectan. El Senado como vidriera de recursos, el RIGI como herramienta de atracción de inversiones, Diputados acelerando reformas clave y Malvinas como espejo de divisiones políticas.

La Argentina busca definirse hacia afuera con un mensaje claro: apertura, recursos, oportunidades. Pero hacia adentro, ese mismo proceso convive con una dirigencia que no logra sintetizar una estrategia compartida ni siquiera en los temas más sensibles.

El desafío no es solo económico ni legislativo. Es, sobre todo, político, el RIGI puede ordenar incentivos, los recursos pueden atraer capitales y las oportunidades pueden existir. Pero sin una narrativa común que sostenga ese rumbo, el riesgo es que la estrategia se diluya en la disputa.

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